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REQUIEM Por Nuestra Palmera
Por
Ramón Bustamante Q.
Publicado:
3 Diciembre 2019
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Palmera
180 años estuvo en pie. Fue tan noble que eligió caer un domingo por la tarde, sin causar daño a niños o docentes que pudieran estar en el lugar. Su trayectoria tampoco tocó a la casona. No lastimó mientras se acercaba al suelo, solo a nuestros corazones.
Domingo, cerca de las 21:00 horas. Don Rafael, guardia que por las noches cuida a nuestro colegio estaba parado en el frontis del colegio. Entonces sintió un fuerte crujido y al mirar hacia la palmera vio cómo ésta comenzaba a inclinarse para finalmente depositarse entre el Salón de Honor y el Pabellón Hermano Bonifacio.

Personal de Conaf nos señaló que estaba podrida, por dentro. Jamás por fuera. Era un faro de luz, el punto distintivo del Diego, fondo de fotografías, sombra, postal de silencios. Creció junto a nuestra insignia, miró a cada delegación que viajó hacia Olimpiadas, a los músicos que cargaron sus instrumentos para dar vida a los Decadentes, escuchó a la Banda enfilando hacia el Desfile de la ciudad.

Vio a Don Diego Echeverría caminar por el sector, fue testigo de cómo se construyó la casona. Sus hojas fueron parte del paisaje que existía en Quillota cuando se construyó el edificio que dio luz al asilo de huérfanos. Observó la llegada de los primeros Hermanos y acompañó al Hermano Lucinio María cuando recibió a los primeros internos que en 1934 llegaban a dar vida a este gran colegio. Ya tenía 100 años en ese momento.

Algunos tomamos pequeños trozos de su caparazón para guardar la historia. En cada uno de los que queremos este pedazo de cuadra llamada Diego Echeverría Castro, vive la imagen de esta palmera, eterna en nuestra retina. A fin de cuentas, terminó por ser parte de nuestras vidas. 

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