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La Grandeza de la Pequeñez
Por
Ramón Bustamante Q.
Publicado:
22 Mayo 2018
Leido 106 veces
Hermano Rufino
Rufino, camino al cielo tus padres te deben haber abrazado y seguro un coro de ángeles te recibió junto al Padre. Tu muerte pone fin al paso sencillo, silencioso y presente que los viejos Hermanos impulsaron en nuestros valles.
Conversé en más de alguna oportunidad con Rufino. Sobre fútbol, deporte del cual era un gran conocedor, conociendo detalles de las ligas de Europa. Nunca sentí que conversamos de algo personal, mío ni de él. Pero siento que lo conocí mucho, profundamente. Porque lo vi todos los días, en el patio, sonriendo. Siempre estuvo presente, en Semana Santa Juvenil, en Consejos de Profesores. Era como parte del inventario del colegio.

31 años estuvo en nuestro colegio. Afinó coros, dio vida a la Banda de Guerra, reforzó a los más inquietos en matemática, fue cartero de Marcha. En 1968 el estadio del Diego cambió de rostro y, con el trabajo de los estudiantes del colegio, el verde tiñó los pastos que pronto serían escenario de las más grandes glorias de nuestros deportes.

Dice la leyenda que el partido inaugural fue un peleado encuentro entre un equipo formado por Apoderados y otro formado por Hermanos y Profesores. Los arcos fueron construidos en los talleres y eran en su totalidad de madera. Aunque cueste creerlo, los arcos fueron instalados minutos antes que comenzara el juego. Y Rufino metió el primer gol. ¡Qué tiempos aquellos! ¡Qué sencillos tiempos Rufino se encargó de mantener vivo en su caminar sencillo!

De fútbol sí que sabía, de eso es prueba que el año 2009, mientras organizábamos los Juegos Maristas Masculinos, decidimos transmitir los partidos de fútbol a través de la recordada Radio Boni. Hicimos para esto un casting, donde elegiríamos entre los estudiantes al relator oficial. Improvisamos con una consola de Play, comenzamos un mini campeonato entre los más ociosos aficionados y los relatores se desplegaron frente al jurado más especializado que teníamos….. el Hermano. El ganador fue Diego Acosta, joven mecánico que confirmó que su camino iba por las comunicaciones, su actual oficio.

Sobre la risa de este hombre, muchos somos testigos de que era muy contagiosa. En un EAM su sección simuló a un gabinete. Él era uno de los ministros y tenía que decir un pequeño discurso. Frente al micrófono quedó en blanco y comenzó una risa tímida, pronto intentó volver a comenzar con el discurso, pero no hubo caso…. no se acordaba qué tenía que decir. Y la risa comenzó a gobernarlo, sin control. Los que estábamos como público no pudimos sino reír, reír, reír y reír sin parar.

Tu funeral estuvo teñido de tu estilo. Fue un sábado, en otoño, con una suave brisa.

 

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